Tecnologia invasiva

Mañana sale a la venta en España lo último en tecnología: el iPad. Hasta ahora teníamos el iPod, iPhone y pronto tendremos iTV, iSEX y cosas así. Esto de la tecnología se está convirtiendo en una peligrosa arma de doble filo. Poco a poco, sin darnos cuenta, estamos ocupando nuestra vida de necesidades absurdas y llenando los cajones de cargadores de batería. ¿Alguien se ha preguntado cuántos tenemos ya? Hagamos cuentas: el del teléfono móvil, por supuesto, el ordenador portátil, el mp4 (también el del iPod, porque aunque nos modernizamos también nos resistimos a desprendernos de lo antiguo, por si acaso vuelve de moda como la ropa de los 80), el iPhone, la cámara fotográfica, la videocámara y ahora el iPad, que básicamente hace casi todas esas funciones, pero seguiremos conservando todo lo anterior… por si acaso. En definitiva, los fabricantes de cable y de adaptadores son los que se están forrando en realidad.

Lo más sorprendente del iPad no es el producto en sí, que va a proporcionarnos el –parece ser- ansiado deseo de perder el tacto y olor de un libro para perder además su lectura cuando nos quedemos sin batería, sino que todos y cada uno de los diputados europeos ya tienen uno; luego nos cuentan la milonga de la crisis, como aquí en España que hemos rebajado –un poco- el sueldo a funcionarios que cobran de media al menos 1.500 euros, pero los multimillonarios siguen sin contribuir en su justa medida que, ante el próximo movimiento de Zapatero, ya están tomando antidepresivos. Mientras tanto, los mileuristas que tienen la suerte de serlo, se ríen por no llorar; los que no llegan ni a mileuristas, lloran para seguir sintiéndose personas, haciendo equilibrios para llegar a fin de mes.

Por lo visto esta nueva maravilla tecnológica, que no hace más sino que reunir todo lo que ya teníamos con otros productos por separado, a nuestro ritmo y cuando queríamos (con la diferencia que ahora sólo habrá una única batería para todo), costará entre 479 y 779 euros. Es decir, un chollo; un chollo para los fabricantes, claro. Y una compleja contradicción para los cientos (quizás miles) de personas que lo comprarán al compás de declararse en crisis (algunos de ellos, seguramente, aprovechando la ayuda que el Gobierno da a los parados), que al unísono gritan en voz baja contra la crisis. Y digo en voz baja porque hay personas que son capaces de vociferar a los cuatro vientos lo mal que está el país pero es incapaz de salir a defender otro modelo de sistema, y sin embargo es capaz de perder una mañana entera haciendo cola para comprar un iPad (o similar).

El problema de todo esto es la campaña de marketing que se organiza, porque consiguen que la gente crea que necesita comprar algo que ya tiene aunque en diferentes productos. Aunque siempre ha habido sibaritas, pese a las crisis, cuya aplicación del producto ha sido lo de menos (basta una pequeña modificación del nombre o incluso del color del producto para actualizarse), sino que lo más importante es poder presumir de estar a la última; algo absurdo, aunque por lo visto es eficiente porque las masas responden; no importa el paro, la hipoteca, la caries del niño o el presupuesto en preservativos del mes (o léase las píldoras del día después). Lo que es importante –sobre todo socialmente- es estar a la última, aunque no sirva de nada. De poco sirve ya un webcam, o servirá en breve, si la persona que está al otro lado además no puede masturbarte. ¿Comunicación dicen? Hay excusas para todo, hasta para el sexo a distancia, pero es cierto que moralmente venden más otras cosas. Probablemente los que inviertan primero en ese proyecto sean desde la propia Iglesia… cosas más raras se han visto, como invertir en ladrillo en plena crisis en el sector. Aunque claro, cuando uno tiene los techos de oro no le molesta que le pisen de vez en cuando el suelo.

En resumen, para no liarme mucho; que a partir del viernes una persona en el metro podrá ver el videoclip –además de escuchar la canción, a todo volumen claro- y al paso que vamos casi a masturbarse públicamente contemplando una película de Nacho Vidal a golpe de dedo (ya ni siquiera harán falta los cinco, por lo menos de forma musical), pero sobre todo podrá leer libros sin pasar páginas, algo poco útil cuando uno quiere subrayar algo (o quizás intercalar un punto de libro en la página más interesante), al mismo tiempo que le llaman por teléfono para decirle dónde han quedado para encontrarse en un lugar que tendrá que buscar en el portal de turno, para que al día siguiente –cuando alguien suba las fotos- comprobar los efectos del alcohol no sólo al alcance de todo el mundo que tenga conexión a Internet, sino ya al alcance de un simple click en el índice… que no deja de ser, además de la página más interesante del navegador, el dedo que utilizamos para consultarlo.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/56312

Hace unos días que han operado al Rey, pero que nadie se alarme, parece que no ha sido todo lo grave que en un principio se temía. Es más, la experiencia ha servido para saber, según las propias palabras de Don Juan Carlos, que la sanidad pública de nuestro país es muy buena; creo que dijo algo así que le llena de orgullo y satisfacción. Aunque claro, si tenemos en cuenta que un señor que vive en Madrid ha tenido que ir a Barcelona a operarse, con la cantidad de hospitales que hay en la capital, teniendo en cuenta además la fama que tienen, no deja de ser curioso; por supuesto, también hay quien asegura que en realidad el Rey se ha operado en el extranjero.

Lo que está claro es que Don Juan Carlos no debió esperar varias horas en la sala de urgencias; me cuentan que además tuvo toda la habitación para él solo, aunque ya sería muy raro que además le pusieran la televisión en abierto sin tener que echar monedas para poder verla.

Por lo visto su séquito real ha ocupado dos plantas del hospital, por aquello de la seguridad... que tratándose del Hospital Clínico, no deja de ser inquietante de qué protegían realmente al monarca: yo apuesto a que de los especialistas... aunque también hay que comprenderlos, con esa presión no debió ser fácil operar a una personalidad tan importante.

Mientras tanto, en la sala de espera de urgencias la gente continuaba esperando múltiples horas, algunas de las cuales normalmente se podrían agilizar con un simple pinchazo, que ahorraría tiempo y sufrimiento a los pacientes, en casos como un cólico nefrítico. También acostumbran a desproteger a los pacientes de toda dignidad, con esas batas que dejan el culo al aire, en medio de la frialdad del pasillo por el que transitan de un lado a otro las enfermeras, entre las miradas de tristeza de algunos cuyo final fue ése.

Pero no se crean, el Rey es muy campechano, siempre se ha dicho así, y ha tenido el detalle de pedir la factura, aunque a fin de cuentas la pagaremos entre todos; el por qué yo todavía sigo sin entenderlo muy bien. Supongo que algún día nos lo explicarán, porque lo de preguntar si nos apetece tener a un hombre que -de acuerdo que ya tiene sus años- tiene el valor de decir que está orgulloso de la sanidad pública española, está claro que sólo puede significar dos cosas: que la demencia senil ha llamado a las puertas de palacio, o que entre tanto trabajo de esquiar aquí, navegar allá, algo le ha nublado la razón. O quizás estoy equivocado, y en el hospital le han tratado como a un paciente más, mostrando su culo real por los pasillos y esperando su turno en la sala de urgencias; tal vez dijo lo que dijo para que nunca salgan a la luz los vídeos de las cámaras de seguridad en programas como el ‘Sálvame’.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/55751

El arma

El pasado viernes por la noche me sentí completamente avergonzado. Estaba junto a unos amigos en el metro, hablando de nuestras cosas y dirigiéndonos a nuestro destino. Alrededor nuestro mucha gente como nosotros, cada uno a lo suyo. De repente entró en el vagón un oscuro personaje, alguien que desentonaba claramente con todos los demás; su mirada fría y ausente, así como el arma que sujetaba entre sus manos, llamó la atención de todos nosotros, pero nadie se atrevió a increparle.

Nosotros tratamos de molestarle con eructos, producidos por nuestro pequeño botellón público, otros sin embargo fueron más allá y se pusieron cerca de él subiendo al máximo el volumen de su iPod; pero no hubo forma de ahuyentarlo.

Después de unas pocas paradas, y antes de llegar a su destino, el tipo en cuestión levantó la mirada sin perder la concentración, cerró su libro y con cierto aire de superioridad, se bajó finalmente en su parada. Nadie se atrevió a increparlo… el libro tenía por lo menos 1.000 páginas.

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