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Eres vegetariana convencida, pero probaste el fuet, el chorizo y toda la carne que viniste a buscar. Inauguraste mi apartamento con más pena que gloria, para qué engañarte. Llegaste a Barcelona con billete de ida y vuelta a bordo del cometa Halley, sin una palabra de español y abrazada a una mentira, y con un body bien doblado en el bolso, pero te olvidaste el cepillo de dientes en el mismo lugar adonde se marchó tu vergüenza después de la segunda copa de vino. Por lo visto nadie te ha enseñado aún que con la verdad se va a todas partes, tal vez sea una cuestión intercultural, o simplemente producto de tu juventud. Cómo iba a pensar yo que con ese cuerpo te ibas a preocupar, además, de cuidar tu mente. Si el lunes suele ser el peor día de la semana, aquella fue la mejor noche de los dos últimos meses. Lo digo porque gracias a ti, hoy, quiero y valoro –aún más, si es posible- a mi buena amiga canadiense, más joven que tú pero mucho más inteligente y sincera. Mi tristeza es comprobar, una y otra vez, lo difícil que es encontrar otra como ella en esta ciudad, país o continente. Quizás te sientas orgullosa de haberme engañado y a tus ojos verdes, lo mejor que hay en ti, les parezca raro que un hombre se sienta utilizado. En realidad solo te has engañado a ti misma, y lo sabes. Saluda a tu pareja de mi parte cuando vuelvas donde habita el olvido. Me dejaste la almohada llena de pelos, la Martenitsa que he lucido con ilusión hasta hoy y dos postales de Bulgaria huérfanas de palabras y sentimiento alguno, que guardaré junto a tus fotografías en el cajón de las decepciones. Espero que mi ciudad te haya tratado mejor que a mí. Too good to be true, como decías tú mientras nos despedimos hasta el día siguiente. Hasta siempre.

Ahora toca esto

Recuerdo la tranquilidad y absoluta indiferencia hacía los acontecimientos cuando hace apenas tres años alguien me decía ‘Ara toca això’ y mantenía la sonrisa de felicidad que le caracterizaba.

Ahora toca esto, pienso también yo. Los años van pasando y las circunstancias van repitiéndose con personas nuevas y momentos diferentes. Y mi filosofía de vida se va amoldando a la realidad del día a día, y sonrío incluso a los problemas y las diferencias que van surgiendo, en una semana que podría calificar como la peor del año pero he decidido que será la antesala de una de las mejores semanas de mi vida.

El título de la columna es un engaño, leer el contenido es solo responsabilidad tuya.


“La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes” (John Lennon).


Nunca fue costumbre, tampoco ahora está de moda profundizar en el abismo de la ansiedad sino mantenerse, haciendo equilibrios, en la incoherente e hipócrita realidad de la ignorancia. Lo normal suele aceptarse como lo menos raro, con excepciones, y tachar un día más en el calendario es una proeza inconmensurable que pocas personas ya pueden permitirse sin consecuencia alguna.

No sobrevivimos en un mundo, ni tampoco somos el país, donde la generosidad sea la diario portada en los periódicos sino más bien todo lo contrario. Para destacar hay que perder la vergüenza, la dignidad, venderse a cambio de cuatro monedas de oro o una fotografía, moverse entre la mentira y la adversidad; vaya, lo que viene a ser hacerse político o tertuliano de televisión, a gusto y semejanza, o posibilidad de cada cuál.

Si algo se aprende en la vida es a aceptar las despedidas; mal, por supuesto. La experiencia me enseñó que primero está la amistad y a continuación llega el sexo; después, la pareja sin entendimiento. Es difícil encontrar personas que saben lo que quieren, pero todavía es más complicado que las personas que lo saben sean sinceras y, por supuesto, ofrezcan el mismo plan de vida que piden y ansían en los demás.

La vida, que decía John Lennon, es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes. Estoy completamente de acuerdo. La vida te lleva de una amistad mala a una mejor para después no saber apreciarla, y aprender de esa experiencia años después, cuando nadie te valora a ti; de una pareja mejor a otra peor, para convertirte poco tiempo después en la peor pareja posible la siguiente que vas a tener; de un buen compañero de trabajo al mismo que poco tiempo después, conociéndole mejor, seguirá manteniendo firme sus argumentos pero cambiará su discurso para seguir diciendo lo mismo, de manera que todo el mundo seguirá fingiendo entenderle, menos tú.

A diferencia de lo que a menudo solemos pensar, las despedidas nos enseñan más de lo que habíamos aprendido en esa ausencia que constantemente rodea a las personas que tratan de decir algo, pero nadie les escucha con verdadero interés ni atención: para decir adiós no hace falta llorar ni emocionarse, ni siquiera fingirlo, porque es suficiente con dos besos fríos en la mejilla, un abrazo rápido –si no se puede evitar- o un simple ‘como te iba diciendo, todo esto es muy sencillo…’ que desviará la atención a terceras personas que ignorarán tu presencia con la misma facilidad que te invitaban a una cerveza días atrás.

El problema de las despedidas siempre ha sido ponerse de acuerdo. Dos personas puedes tener muchas ganas de darse la mano para no volver a verse más, pero ninguna dará el primer paso que le comprometa a ello, a veces por la propia incapacidad de la anticipación o, en otras ocasiones, por esa inexistente e incoherente razón que dé lugar a ello, pero que resultará siendo definitiva.

Hay despedidas tristes y otras más alegres, pero algunas son del todo inclasificables: ¿Cómo se comprende, por ejemplo, una despedida de amor por falta de sexo? ¿Y las despedidas de buen sexo continuado que no se materializan en una relación de pareja estable? Por no hablar de las relaciones de amistad, que nacen y desaparecen sin crecer en absoluto por aquello de la ley del mínimo esfuerzo. Pocas personas saben lo que quieren, aunque todos partícipes del cuento, tarde o temprano, como víctimas y también como culpables de ello.

Hay dos momentos en la vida que marcan un antes y después a casi cualquier persona en algún momento de su existencia: el primero es cuando eres pequeño e inocente, ajeno a la desdicha e inclemencias de tu futuro, donde a veces sonríes con el convencimiento de ser el centro de atención y otras veces lloras por la necesidad de cariño; te agarras al primer brazo que tienes a mano y ejerces una fuerza superior a la que, aparentemente, tu cuerpo puede realizar. Ese otro momento en la vida, es justo cuando otro niño se agarra a tu brazo y su fuerza te recuerda a ti.

Lo siento, pero no tengo el manual para cambiar nuestra existencia ni la imaginación suficiente para descubrir el futuro más próximo. Hace unas horas se marchó a su país otra de esas amigas de las que seguramente no volveré a saber nada… aunque tal vez en esta ocasión me equivoque, pero con un poco de suerte tendré razón.

¡Auf Widersehen!

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/72404/manual-practico-para-cambiar-nuestra-existencia

Tres días de lluvia

Me levanto a las 5 de la mañana para ir a un trabajo, por la tarde tengo otro. Entre los dos me paso un mínimo de 12 horas trabajando y otro par en diferentes transportes públicos. A final de mes el gasto diario en dietas es superior al apetito que tengo, y colecciono letras que no consigo pagar. Tengo tres hijos, aunque ninguno es mío, una mujer y una amante bisexual que compartimos cuando a alguno le duele la cabeza, y un piso que no podemos permitirnos pero que consideramos necesario que el resto de la gente piense que sí. El banco, que no piensa, lo reclama. La familia nos reclama atención, los amigos compartir su tiempo, y precisamente tiempo es lo que me falta.

En realidad mi vida no tiene nada que ver con todo esto… y sin embargo yo me siento triste y apagado después de tres días seguidos lloviendo.

Las cosas, claras

Hoy me siento mejor. Llevaba unos días pensando, y es verdad que eso pensar no es del todo bueno, hasta que he dicho en voz alta lo que me inquietaba. Todo ha quedado claro. La jefa de mi jefa, que es mi ‘superjefa’ (la que me contrató), me tranquiliza y dice que todo está bien. Lo mismo que me dijo mi jefa más directa el otro día, con un lenguaje corporal algo incoherente a sus palabras.

Si es que no hay nada como decir las cosas claras, tal como uno las piensa. Quiero decir que no hay nada como eso para quedarse tranquilo, y que las cosas siguen haciéndose igual de mal; yo seguiré haciendo mi trabajo lo mejor que sé, siempre un poco mejor de lo que puedo con las herramientas que tengo, y mis compañeros de trabajo seguirán tocándose las narices todo lo bien que saben, siempre tratando de hacerlo un poco más de lo que ya hacen y deben.

Al final todo es muy simple: si eres nuevo, te valoran por los números que aportas, y si eres antiguo te valoran por lo que costaría echarte aunque tus números no sean buenos, aunque llegues tarde y tu actitud sea como la de un cáncer, que va ramificando en la empresa a través de los compañeros. El día que una empresa haga números a largo plazo en lugar de a corto plazo, y tenga en cuenta algo más que los beneficios inmediatos… ¡ay, ése día, tal vez encuentre mi sitio!

Lo dicho, las cosas claras despejan algunas dudas y los silencios, los silencios lo dicen todo. Menos mal que mi jefa ni mi ‘superjefa’ leen esta página… ¿o sí? ¡Ah! Veremos cómo termina el año.

Mercat de Santt Antoni

Soy un tipo de costumbres, qué le voy a hacer: me gusta frecuentar los mismos lugares que me agradan, los mismos cuerpos que me complacen. Me gusta la variedad, sí, pero prefiero la tranquilidad.

Uno de esos lugares, desde hace -sin exagerar- veinte años, era 'Els Tres Tombs', un restaurante emblemático en una de las esquinas del Mercat de Sant Antoni. Quizás no hacían -ni servían- el mejor café de la zona, ni era el punto de encuentro clásico para tomar el vermut un domingo por la mañana, pero al encontrarlo cerrado hoy, con una orden judicial en la puerta, ha sido algo que me ha llamado mucho la atención.

Hace unos días paseaba por la Rambla Cataluña, contemplando el cambio que exige las nuevas generaciones. Reconozco que creí que locales como 'Els Tres Tombs' no iban a cambiar nunca, así como el 'Pollo Rico' de Sant Pau, donde por cierto se come el mejor pollo a l'ast de Barcelona. Es como si la farmacia que hay justo enfrente, precisamente debajo de donde se esconde mi niñez, cerrase de golpe. Cada vez que voy a comer pollo, me aseguro que mi niñez sigue bien resguardada, tras las marcas en las puertas de madera y los llantos nocturnos del piso de arriba.

Hoy ha sido un día especial. De repente me he visto en el mismo lugar, con apenas 11 o 12 años. Recuerdo perfectamente, quizás de las pocas cosas que recuerdo con tal exactitud, cómo ha sido mi historia con el Mercat de Sant Antoni. Primero fue con los cromos, cuaado no sólo completé mis colecciones entonces, sino además comencé a ganar mis primeras pesetas de entonces. Después crecí, y con ello las modas: ahora tocaba vender fotocopias de Dragon Ball (Bola de Drac), lo que parece una tontería daba para mucho entonces. Más tarde, según avanzaba la tecnología, empecé a profundizar con los videojuegos. No daré muchos detalles al respecto, porque cuando dejé de ganar mi primer dinero importante, fue precisamente cuando se llevaban, en la misma esquina de Els Tres Tombs, a un montón de personas que conocía en un furgón policial; por intuición o por suerte, ya lo había dejado.

Desde entonces el Mercat de Sant Antoni ha sido y siempre será especial para mí. Y Els Tres Tombs, donde hace un par o tres de años me tomaba un café con mi amor platónico, sentada junto a su novio entonces, también. Nunca nos entendimos, ni de
jóvenes ni después, en una edad supuestamente madura.

Debo decir que la mañana hoy ya se presumía diferente. Varias de las paradas habituales estaban deshabitadas, algo extraño. No obstante es un alivio, una sensación que no sé cómo describir, comprobar que otros niños, junto a otros padres, acuden cada semana a las mismas esquinas junto a sus listas para intercambiar cromos.

Cada vez que paso por esa esquina, cada vez que veo a ese niño en el que me reflejo por un instante, echo de menos al padre que veo a su lado; al padre que nunca tuve a mi lado, pues siempre fui solo a ese lugar, porque mi padre estaba muy ocupado durmiendo la resaca, o cerrando algún bar.

PD: Ayer me corté el pelo. Cada vez que la máquina pasaba por delante de mis orejas soltaba un montón de canas; muchas. Siempre me han gustado las canas, no tengo complejos al respecto, pero ahora mismo asocio mi imagen en el mismo lugar cuando ni siquiera tenía bigote; ¡cómo pasa el tiempo!

La extraña educación

Han pasado dos años. Por lo visto no es el tiempo suficiente para olvidar una mirada que se cruza con la mía, y en unas centésimas de segundo ambos ponemos esa cara de idiotas que a todo el mundo se le queda mientras su cerebro procesa a toda prisa a quién asociar esa cara.

Es sorprendente lo rápido que podemos llegar a identificar a una persona en esas centésimas de segundo, entre tantos cientos, miles, de personas que se han cruzado por nuestro camino en alguna ocasión. Aunque su pelo tenga hoy otro color, o la persona que le acompañe sea un auténtico desconocido para nosotros, el cerebro tiene perfectamente identificada al sujeto. Aunque claro, en tan breve espacio de tiempo uno no puede reaccionar, justo en ese instante ambas personas ya se han reconocido, y aunque ambas quisieran seguir su camino sin más, no pueden. La educación es un valor de extraño uso. Mientras los dos tratamos de recordar el nombre en las próximas centésimas de segundo, se intercambia un educado y absurdo diálogo tras los dos besos de rigor:

- ¡Hola...! ¿Qué tal? Creí que estabas...
- ¡Hola...! Sí, estaba... pero ya no, por aquí ando, ahora salgo del trabajo.
- ¡Ah! Nosotros venimos de...
- Bueno, pues cuídate, ¡que vaya bien!
- ¡Igualmente!

En los próximos minutos, mientras camino Rambla Cataluña abajo y descubro que una de mis librerías favoritas ya no está, que otros tantos comercios han cerrado o están en proceso de hacerlo, siento que vivo en una ciudad que un día dejo de ser mía, quizás para siempre. Al mismo tiempo, tras lo sucedido, me pregunto por qué muchas personas son tan educadas con las personas que un día perdieron el contacto -aunque no tengan intención de recuperarlo ahora- y sin embargo esa educación, ese respeto y esa atención, no se tenga con las personas que a diario nos rodean, o simplemente desaparezca de repente.

Algún día lo entenderé.

Me parece una auténtica vergüenza, sin ánimo alguno de defender al Gobierno, cómo los sindicatos están usando todo tipo de artimañas para evitar que el mayor número de personas no acudan a su puesto de trabajo, que no es lo mismo que el mayor número de personas acudan a la huelga que han convocado. Es triste que esas personas que quieren ir a trabajar, que lo necesitan, no van a poder hacerlo porque el transporte tendrá unos servicios mínimos indecentes, y hasta se ha tratado de chantajear, literalmente, a los abuelos para que ese día no cuiden a sus nietos, para dejar en casa a los padres de familia.

No voy a entrar en si esta huelga es necesaria o no, pero sí quiero denunciar cómo se está negando el derecho a trabajar a las personas que no desean secundar la huelga, por el motivo que cada uno tenga. No hay que olvidar que la solidaridad
es algo que uno elige de forma voluntaria y no se debe exigir; por algo presumimos de convivir en una democracia. También habría que ponerse en el lugar de esas personas que tienen un contrato temporal, o que sencillamente no se pueden permitir dejar de cobrar un día. Incluso habría que respetar a aquellos que sencillamente no están de acuerdo con la huelga y tendrán que sufrir la tradicional violencia de los piquetes, que en muchas ocasiones no tienen nada de 'sólo informativos'.

Cajas de cartón

Hay objetos que están muy presentes en nuestra vida cotidiana y no le hacemos demasiado caso hasta que nos hacen falta, como por ejemplo ocurre con las cajas de cartón. Están por todas partes, reclamando nuestra atención a diario en los supermercados, estancos o al lado del contenedor azul de reciclaje… ese cubo incomprendido que no todo el mundo alcanza a saber cómo funciona, porque entre las personas que no saben que el cartón se coloca dentro y las que lo saben pero acumulan demasiada pereza como para discriminar la basura, acaba su jornada laboral el último de la fila acompañado de restos de otros cubos.

Pero la caja de cartón es única e irremplazable, un clásico necesario en cualquier mudanza. Es probablemente uno de esos objetos inalcanzables para la tecnología, muy a mi pesar en este caso. Hoy en día es posible guardar las fotos de toda tu vida en un pendrive que ocupa menos que algunos llaveros, y sustituir así las clásicas cajas de cartón para transportar todos tus álbumes de fotografía en papel...¿pero dónde guardamos la cristalería, vajilla y diferentes objetos que no se pueden digitalizar? ¡Ah! La caja de carton será eterna.

Aunque, cuidado, recopilar demasiadas cajas de cartón no está bien visto en una parte de la sociedad actual, ésa que basa su vida en las energías y la espiritualidad; los sibaritas de la mente que denomino yo. Normalmente son personas muy documentadas: leen muchos libros acerca de estos temas y/o tienen terapia personal con algún psicólogo que les marca unas pautas a seguir, por lo visto las únicas para todo el mundo. Cuando he conocido a este tipo de personas no sé muy bien si tienen razón, quizás sí, pero desde luego sé que su psicólogo es fantástico, porque hace realmente bien su trabajo con estas personas.

Pues resulta que acumular posesiones materiales forma parte de nuestro ego, qué cosas. Realmente entiendo que es más práctico comprar un objeto que sirva para llamar por teléfono, hacer fotografías y conectarse a Internet entre otras muchas cosas, y así tener menos ego, de acuerdo. Eso sí, personalmente prefiero tener más ego y usar diferentes objetos con sus correspondientes baterías, a que me falle un sólo objeto y no poder usar ninguna de esas aplicaciones... pero claro, para gustos los colores, y para ego, el de cada uno.

Esto del ego siempre me ha llamado la atención. Reconozco que mi autoestima siempre se ha mantenido bastante alta, quizás demasiado, aunque con bajones bruscos como cualquier otra persona en situaciones límite. Pero este tema espiritual que mezcla posesiones materiales con ego, no alcanzo a entenderlo por más que lo intento. Es decir, me choca, no acabo de comprender, que una persona que cada día se pasa alrededor de una hora en el cuarto de baño combinando las gafas, los zapatos y la blusa, y mil detalles superficiales más, tenga menos ego que yo, que en 10 minutos estoy lo suficientemente vestido y combinado para no parecer un pordiosero, por el simple hecho que esa persona disponga de menos cajas de cartón que yo. Supongo que algún día, tal vez, alguien me ilumine y me lleve por el camino de la verdad; tal vez esa misma persona me alquile un trastero en el ciberespacio, cuando se pueda habitar físicamente, del mismo modo que años atrás un cura vendía parcelas en el cielo... y aunque parrezca sorprendente había gente que las compraba.

En fin, cada vez que me toca hacer una mudanza aprendo algo nuevo. Resulta que durante todos estos años tenía el ego muy alto y no tenía ni idea. Ahora no sé qué hacer, con tanto ego acumulado en el pasillo de mi piso; venderlo para llegar mejor a final de mes, si deshacerme de algunas de mis posesiones para mantenerme más equilibrado, o sencillamente cambiar de amistades cuando comiencen a hablarme del ego y la espiritualidad.

No soy creyente, para qué mentir. Cuando me hablan de Dios trato de cambiar de conversación, o en su defecto de amistades. Pero si creo en algo es en las señales, las cosas que ocurren cuando no las esperas, tanto las buenas como las malas. Y hoy, en un tren con dirección hacía Castelldefels, observé que ha llegado el Apocalipsis.

Estaba sentado tranquilamente, escuchando música, cuando de repente escuché un grito terrorífico justo detrás de mí. Cuando me giré no observé nada extraño, así que creí que debió ser producto de mi imaginación, tal vez por el estrés de los últimos días, hasta que volví a escucharlo con mayor estrépito si cabe. En esta ocasión si llegué a girarme a tiempo para conocer la causa, y resultó ser ¡un niño pequeño!

Soy consciente que un niño de esa edad no tiene conocimiento, grita porque tiene que gritar y ya está. Incluso podría aceptar el hecho de padecer las incomodidades que proporciona la satisfacción de ser padre, para el que ha elegido serlo y siente además la imperiosa necesidad de compartir su experiencia con los desconocidos que le rodean.

Debo advertir que aquello no era un simple grito, sino el anuncio del Apocalipsis en arameo, creo que con versos rimados y todo. Yo no podía decir nada, qué iba a decir después de media hora de discurso sobre cómo y cuándo llegará (aunque creo que dijo que comenzará en Barcelona), que por cierto nadie entendió, y si algo me molesta más que el ruido es quedarme con la duda de algo.

El pobre anticristo estaba acompañado de tres mujeres: todas ellas de diferente generación. Curiosamente la más mayor de las tres fue la que inició el proceso, y soltó toda su furia por la boca, llena de improperios e insultos (¡hasta llamó al vigilante de seguridad del tren!) cuando una pobre chica, cansada del escándalo pensó que si pedía por favor que tratasen de no alterar al niño, dándole un chupete en lugar de animarle a jugar en un lugar público, acertaría a descansar en la media hora que tenía de viaje hasta llegar a su destino. Los que acompañamos a esa chica, después del espectáculo, pensábamos lo mismo que ella se atrevió a decir en voz alta, intercambiamos miradas de complicidad y aguantamos el tipo de la mejor manera posible. Incluso observé, cuando se bajó una parada antes que yo, cómo al pasar por delante de esa mujer tuvo que soportar su mirada desafiante, así como la del propio vigilante de seguridad, que por alguna razón que desconozco quedó aparcado justo a mi lado, como si estuviera custodiando algo valioso. Durante ese rato sentí lo incómodo que debe ser para esa gente importante que lleva seguridad todo el día.

Al llegar esta noche a casa y leer los periódicos, lo entendí todo. Hace algo más de una semana, una serpiente se coló en un piso de Barcelona; pocos días después un lagarto enorme fue capturado en el jardín de una casa a pocos kilómetros. Comento esto porque hace dos noches una familia de jabalíes se paseó por las calles de un céntrico barrio barcelonés, no muy lejos de donde apenas hace menos de un mes fueron vistos unos cerdos salvajes en el parque de la Guineueta.

A veces me pregunto por qué leo los periódicos, o por qué viajo en tren. A veces, también, me pregunto cómo la raza humana ha sido capaz, hemos sido capaces, de cambiar tanto en tan poco tiempo.

Ahora que observo en las librerías que anuncian en forma de libro el fin del mundo para el 2013, y otros, más previsores en cuanto a las ventas, para el 2020. Desde aquí voy a dar la exclusiva: ¡El Apocalipsis ya está aquí!

Los animales se están instalando, poco a poco, en Barcelona, y nos acechan con la misma paciencia que Noé construyó su barca y llevó a cabo su proyecto. Los científicos ya alertan de la próxima llegada del ‘Aedes aegypti’, el mosquito egipcio que convertirá las picaduras del actual mosquito tigre, en un futuro próximo, en simples caricias que entonces echaremos de menos.

Por suerte aún sigue haciendo calor; mucho calor. Eso sí, en cuanto caigan cuatro gotas que todo el mundo coja un rosario y busque su propia barca, porque lo siguiente será el diluvio universal, el juicio final, y el descanso eterno… ¿o no?

Aún hay esperanza

Acaban de aprobar en el Senado la nueva reforma laboral. Una vez más, el Gobierno ha sacado adelante sus planes gracias al absentismo de los nacionales catalanes y vascos, y sin duda septiembre –con una huelga general en marcha- será un mes tenso para los políticos, sindicatos y trabajadores, que son los principales perjudicados.

Mientras sigo leyendo la noticia, me sorprende que el texto aprobado incluye ‘la reducción de 100 a 30 días de período de gracia del que disponen los parados para rechazar un trabajo o curso’. Es decir, hasta ahora un parado podía permitirse el lujo de cobrar el paro, después la ayuda y además rechazar ofertas de trabajo durante 100 días si no las consideraba lo suficientemente interesantes para su nivel, mientras otras personas con ganas de trabajar no consiguen siquiera una entrevista. Y, por supuesto, son los primeros en quejarse de lo mal que va el país, lo mal que gobiernan los que están (sin importar los que sean), y a ser posible con una cerveza en la mano rodeado de amigos en el bar.

Por lo visto los sindicatos quieren negociar porque no están contentos, claro, y mucho menos los parados, cómo no; los únicos que parecen estar contentos hoy en día son los que disponen de un sueldo a final de mes, sin mirar demasiado su cartera llena de títulos, diplomas y valores, o su futuro laboral, basándose más en la realidad económica presente que padecemos todos. Supongo que la diferencia, al final, entre los que trabajan y los que no es una simple cuestión de voluntad, empeño y probabilidades: cuántas más puertas llames, más probabilidades tendrás de encontrar trabajo; cuántas más cervezas tomes en el bar, menos probabilidades tendrás de encontrar trabajo, aunque eso sí, seguramente harás más amistades.

A veces creo que en lugar de evolucionar, con el conocimiento que otorga los años y las experiencias y toda esta tecnología que nos rodea, vamos retrocediendo cada vez más en el tiempo. De hecho he tenido la oportunidad de poder comprobarlo personalmente esta misma semana.

Cada mañana cojo el tren en la misma estación, casi siempre a la misma hora, y casi siempre también observo al mismo hombre, con un porte y elegancia digno de admiración, saltar por encima de los tornos, supongo que por rebeldía –no sé- y no por una mera cuestión económica. El otro día a última hora de la tarde volví a la estación y en esta ocasión, mientras subía por las escaleras mecánicas, observé a tres niños en ese mismo torno; dos ya lo habían pasado (no llegué a ver si pagando o no) y el tercero estaba pasando la tarjeta justo cuando llegué al vestíbulo pero no le dejaba pasar; la prisa de los otros dos niños y el tren en el andén no le inquietaron, y tras intentarlo un par de veces más, lejos de saltar el torno y salir corriendo como haría cualquier niño de su edad, o ese hombre que veo habitualmente por las mañanas, el niño se fue tranquilamente a pedir explicaciones a la taquilla.

Reconozco que me sorprendió, incluso me alegró porque pensé que aún quedaba esa esperanza de tratar de hacer las cosas bien. Supongo que también es porque no puedo decir que yo de pequeño hubiera actuado del mismo modo, sobre todo cuando al cruzarme con él observé que la taquilla estaba cerrada, por esa fabulosa atención al cliente que nos dirige a una máquina expendedora de billetes o en su defecto, cuando está, al vigilante de seguridad.

No quise mirar atrás y ver la decisión que tomó aquél niño, pero cualquiera que fuera estuvo bien. En ese momento en el que salí a la calle y estaba oscuro, recordé una vez más al hombre que habitualmente me encuentro por las mañanas, y fue cuando caí en la cuenta de que, al igual que esta metáfora, cuanto más pasa el tiempo peor hacemos las cosas.

En realidad no sé vivo en el presente de ese hombre, que cuando era niño perdió la paciencia en ese mismo torno, o en el pasado de ese niño que una vez fue responsable como sus padres le enseñaron. De cualquier modo, uno está acostumbrado a ver a hombres comportándose como niños cada día, por lo que prefiero pensar que me encontré a un niño actuando como el buen hombre que será de mayor; aún hay esperanza.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/59050

Otro lunes cualquiera

Compañera usted sabe que puede contar conmigo
no hasta dos o hasta diez
sino contar conmigo.


De “Hagamos un trato”, Poemas de otros (Mario Benedetti)


Los lunes nunca son un día cualquiera; dependiendo del estado de ánimo de cada uno suele ser el mejor o el peor día de la semana, pero no un día cualquiera.

El lunes es el mejor día para madrugar más de lo habitual, desayunar fuerte acompañado de unos versos de Benedetti y ajeno a las noticias matutinas, que ya se abrirán paso durante la semana, mientras el olor a café recién hecho te carga las pilas.

Nada puede salir mal: ni los recuerdos del mosquito tigre en tu pierna ni las caras largas en el trabajo, ni ver desierta la ciudad poblada de tiendas vacías cuando salgas a pasear. Ni siquiera la previsión de mal tiempo es suficiente, porque basta salir con un paraguas a la calle para que el sol se imponga de forma autoritaria ante tu tímida indecisión.

En estos días de agosto, donde el último recuerdo del día es una taza de rooibos helado para combatir el calor y el insomnio, todavía quedan personas que se encuentran una maleta con 3.250 euros y la devuelve íntegra en la comisaría. Para que luego digan que la prensa sólo trae malas noticias.

Equivocaciones

Muy a menudo el concepto de una equivocación resulta ser algo negativo, y según el contexto hasta catastrófico. Hay equivocaciones de las que uno no se da cuenta hasta que pasa el tiempo; casi siempre resultan ser las mejores, aunque cuando se descubren parezca imposible pensarlo.

Hoy cogí un tren en dirección a un lugar del que hacía por lo menos tres años que no visitaba. No tenía la certeza de que fuera mi tren, sólo que iba en la dirección que yo quería. Pero por lo visto en tres años cambian muchas cosas, y el mismo tren que tiempo atrás iba hacía un lado del Vallés, ahora resulta que ha cambiado su ruta. Como nadie en el vagón se extrañó, protestó o montó en cólera, entendí que fue un error mío y me bajé en la primera estación con la primera intención de dar la vuelta y volver al punto de partida… pero la tarde iba a resultar mucho más interesante.

Sin saber muy bien por qué, decidí quedarme en ese lugar, que también conocía, y pregunté cómo llegar a una determinada calle a la primera persona que pasó por delante. Se puso las manos a la cabeza, casi literalmente, y le entraron los sudores al pensar que ese lugar estaba a 2.5km, y sin dar crédito ni mucho menos pedirlo, me invitó a subir al coche y acercarme amablemente. El coche, además, resultó ser un descapotable, de esos sin luna delantera que yo digo ‘de pueblo’ (por mi absoluta ignorancia hacía el mundo del motor).

Una vez llegué a mi destino, aún sorprendido por haber encontrado vestigios de solidaridad ante un desconocido en los tiempos que corren, emprendí mi camino calle arriba. La primera impresión que tuve es que me había equivocado, primero de tren y después en la decisión de quedarme, pero sin ello no habría tenido esa bocanada de aire fresco de la que tan poco estoy acostumbrado no sólo a recibir, sino a observar en mi entorno.

De nuevo volví a equivocarme, en esta ocasión al tener ese instante de negatividad… de ese optimista con experiencia que siempre me consideré. A los pocos minutos me di cuenta que iba a ser una de las mejores tardes que recuerdo, especialmente a última hora, donde tuve la suerte de tener una agradable conversación con un par de personas, desconocidas por completo, que hicieron que en el viaje de vuelta a casa –esta vez en autobús- tuviera una de las mejores sensaciones que recuerdo en los últimos tiempos.

Y con ello una lección, no digo que nueva porque nueva no es, pero sí viene bien recordar este tipo de lecciones de vez en cuando.

Facilidades de pago

Qué fácil sería si, como ocurre con las compras, las personas fuéramos capaces de ofrecer facilidades de pago entre nosotros; como si de pronto un día respondiéramos con un abrazo a quien busque la complicidad con su sonrisa, en lugar de pegarle un tortazo con esa mirada que tiene la gente cuyo trabajo es vender sus miserias a precio de liquidación por cierre de amabilidad.

Facilidades de pago

Qué fácil sería si, como ocurre con las compras, las personas fuéramos capaces de ofrecer facilidades de pago entre nosotros; como si de pronto un día respondiéramos con un abrazo a quien busque la complicidad con su sonrisa, en lugar de pegarle un tortazo con esa mirada que tiene la gente cuyo trabajo es vender sus miserias a precio de liquidación por cierre de amabilidad.

Dicen que el tiempo pone a todo el mundo en su sitio. Aunque en esta época, como el tiempo no puede abarcar tanto tiempo libre, ni tanta ocupación del mismo a la vez, aprovechó la hipocresía para crear las redes sociales.

Dicen, por decir las malas lenguas (o las lenguas con más tiempo) que tarde o temprano todos terminamos por recibir, y dejar (casi siempre por este orden) un mensaje parecido a este en el contestador de alguien:


Hola. Soy yo.
Sólo llamaba
porque estos lunes
siempre me matan.
Ha amanecido
tarde este día;
mi almohada llena
de tus cenizas.

Pasé, ¿recuerdas?,
por nuestros bares
donde arañábamos
a la nostalgia
su sucio esmalte.

Cogí al futuro
por la cintura.
Donde hubo vuelo
sólo ha quedado
escombro de plumas.

Qué cosas pasan,
días bulliciosos,
tan cerca estamos
pero tan solos.
Sólo era eso.
Bueno, pues, nada,
si tienes frío y tiempo
me llamas.

(Ismael Serrano)

Probar antes de opinar

He descubierto que existe algo muy cercano al elixir de la vida, la panacea universal que prácticamente lo cura todo, menos la propia vida claro. Es un pequeño detalle que todavía falta por pulir, pero están trabajando en ello desde hace 80 años.

Se trata de las 38 esencias mágicas, también conocidas como las Flores de Bach, y que nada tienen que ver con el conocido compositor alemán. Se trata de todo un éxito comercial, más conocida como la ‘terapia de las emociones’, capaz de tratar muchos problemas físicos, mentales y emocionales.

Hace algún tiempo ya escuché hablar sobre este tema, por una amistad que no obtuvo muchos resultados con esta terapia. Hoy, a propósito de una conversación sobre el tema, me han invitado a probarlo antes de emitir una opinión sobre el tema, cosa que agradezco pero que por ahora descarto, por muy científico que sea.

Sin embargo, la frase ‘para opinar tienes que probarlo’, que por cierto me recuerda mucho a aquella otra de ‘si no votas no tienes derecho a quejarte’ (de la que ya he escrito lo que pienso anteriormente), me ha hecho reflexionar, y por supuesto informarme mejor acerca de las 38 esencias mágicas de las Flores de Bach.

Por lo visto, para casi cualquier problema hay una planta que supuestamente lo cura. Aunque hay que leer con atención y cuidado las indicaciones y no automedicarse, pues para un mismo problema puede haber hasta cuatro plantas diferentes (como los diferentes tipos de miedo). Por lo que he podido leer hoy (desde mi más profunda ignorancia y respeto sobre el tema hasta ahora), la terapia floral de Bach es la búsqueda y tratamiento del origen verdadero de la enfermedad. Es decir, si tenemos un cáncer, algo que generalmente asociamos a la mala suerte, el destino, y que casi siempre tiene una raíz genética, según la teoría de Bach –creo- es un factor emocional asociado a una emoción negativa. Una emoción negativa que, por otra parte, todavía no he encontrado la planta milagrosa que todo lo cura.

Eso sí, ante tal catálogo de propiedades positivas, a uno le entran ganas de cultivar un jardín botánico en su casa y echar mano de las hierbas según el momento. Lo que no acabo de comprender es que, si las hierbas tienen tantas ventajas, ¿por qué después de 80 años no sólo no mejoramos, sino que, personalmente, tengo la sensación de que todos empeoramos cada vez más? (Será el desconocimiento global, ¡digo yo!, como eso de la religión, que mientras unos se inmolan –matando a inocentes- para acceder al paraíso, mientras otros basan su existencia en el amor eterno a una persona, o eso prometen y firman).

Pero vuelvo a la necesidad de probar antes de opinar. Recuerdo que cuando era pequeño no me gustaba la coliflor; y no me gustaba sólo por el olor, porque aún no la había probado, y cuando mi madre me decía eso, la creí y la probé (por obligación, más que otra cosa, como ocurrió también con la turma, el hígado y los sesos), para efectivamente poder opinar –y confirmar- que no me gusta ni la coliflor, ni la turma ni el hígado ni los sesos.

Con el paso de los años se han repetido situaciones similares, como el tener la certeza de que no me gustan los tatuajes ni los piercing en mi cuerpo, el sadomasoquismo físico (el mental es un libro aparte) o el sexo con hombres, entre otras cosas, sin tener la necesidad de probarlo para poder cerciorarme de ello. Hay cosas que, por encima de las creencias personales, se rigen por las sensaciones e intuición de cada uno, sin más. De la misma forma que las Flores de Bach no afectan por igual a cada persona, no todas las personas aceptan –o entienden- que una flor pueda cambiar su vida, como tampoco es estrictamente necesario tener que probarlo todo para poder emitir una opinión al respecto.

Me pregunto cuántas personas opinan a diario acerca de los políticos, de la situación actual de la sociedad (a nivel social y económico), sin tener la menor idea de las personas que gobiernan nuestro país, o del fútbol, ahora que el Barça está de moda y Messi es la estrella que todos conocen, pero la palabra extremo les suena a algo negativo, y el interior es un piso oscuro al que nunca le da la luz.

La necesidad de probar algo diferente no es más que una necesidad de cambio, cualquiera que sea.

Hace un par de años tuve una época de cambio, una de tantas. Entonces decidí entre la cultura nocturna de empinar el codo, el sushi y el mundo espiritual. Ganó la tercera, por goleada. Digamos que a cierta edad, la discoteca no es el mejor lugar para empinar, ni el sushi está bueno (por más que traten de convencerme los sibaritas de la cocina –y lo probé-).

Entonces decidí leer cosas relacionadas con el mundo espiritual, la meditación, el poder del ahora, y todas esas gilipolleces (con perdón) que utilizan muchas personas para evadirse de su propia realidad. No digo que sean útiles (que lo son), sino que probablemente conocí a la persona equivocada en el peor momento de mi vida. Pero desde entonces comenzó a llamar mi atención, primero su culo… y tiempo después los conocimientos que adquirí en los libros que me recomendó, porque su experiencia y coherencia al respecto dejó mucho que desear.

Así pues, ¿realmente es necesario probarlo todo antes de opinar?

Si crees que sí, te recomiendo un ejercicio muy sencillo:

Cuando termines de leer este texto, sal a la calle y observa a la persona que físicamente menos te atraiga. Fíjate bien en esa persona, obsérvala de arriba abajo, abórdala y piensa que si no la pruebas, no sabrás si realmente te gusta o no. Olvida tus exigencias superficiales y creencias personales. Una vez superada esa prueba, sube un escalón más. Ahora que, sorprendentemente, has pasado una noche fantástica con esta persona, ésta te propone hacer un trío. Es algo que nunca has hecho antes, y te va a dar más trabajo de lo habitual –lo sé-, pero si no lo pruebas, no sabrás si realmente te gusta.

Finalmente, y como último ejercicio, ahora te encuentras en la situación de acompañar a estas dos personas, que te han invitado a un encuentro público llamado ‘Bukkake’. Es algo que jamás se te ha ocurrido practicar, pero claro, como nunca lo has probado tampoco tienes la certeza de saber que te va a gustar o no.

Ahora, dime. ¿De verdad sigues creyendo que es completamente necesario probarlo todo antes de opinar?

En fin, hay quién se toma las hierbas diluidas en agua y brandy para aliviar sus desequilibrios psicoemocionales, rodeados de velas y música relajante, y otros prefieren fumársela para potenciarlos, rodeados de alcohol y música a todo volumen. Al final es una simple cuestión de gustos.

La belleza del talento

"Es terriblemente triste eso de que el talento dure más que la belleza." (Oscar Wilde).


No es justo. Lo piensas tú y te lo confirmo yo. No es justo que ese rostro angelical, esa blanca y transparente forma de mirar, ese aura inocente que te envuelve -y que envuelve también a los demás- no sea eterno, que dentro de unos años se acabe, y que entonces sólo quede de ti aquello que te hayas preocupado de sembrar en tu interior.

No es justo, todo el mundo lo sabe. Estar en posesión del cuerpo perfecto, compuesto por la clásica cintura de avispa, la belleza de tus ojos y esa mirada penetrante, esa sonrisa perfecta -y saber sonreír en el momento adecuado, haga frío o calor-, tu gusto exquisito a la hora de vestir, sin caer en el exceso de las marcas comerciales ni el la comercialidad de las marcas del mercadillo, y además tener el don de la dulzura en tu voz. No es justo, especialmente para los hombres que se fijan en ti, puesto que tu belleza deslumbra y admiran tanto a aquellos que conocen tu compromiso, como ciega y obsesiona a los pobres inadvertidos, en busca del mejor trofeo de su colección.

La vida es injusta, en todas sus facetas, y tal vez uno de los sentidos de la misma radica en tu presencia aquí y ahora, formando parte de ella, explicándome que alguien conquistó tu corazón y tu alma 'para siempre', o tu presente hasta que el cuerpo aguante... hasta que el talento se interponga entre vosotros y el futuro te acerque a mí.

Dijo San Francisco de Sales que "el mejor remedio que conozco contra los impulsos repentinos de impaciencia es un silencio dulce y sin hiel".

Querido Eduardo,

Soy Mechor, te escribo en nombre de los tres para que nos disculpes por no cumplir con los deseos de tu carta, pues nosotros sólo podemos hacer regalos tangibles. También quiero aprovechar para recordarte que ya tienes treinta años.

Como te decía, nos resulta imposible acabar con la crisis, crear puestos de trabajo dignos, poner de acuerdo a Gobierno y oposición, o que a Carlos Sainz no le pase nada raro este año y termine ganando el Rally Dakar. Y por supuesto, nos resulta completamente imposible comprometernos a que el Barça vuelva a ganar todos los títulos este año.

Tampoco tenemos competencias en la televisión (la mano de Berlusconi es muy alargada), por lo que no podemos acabar con la telebasura. Es más, corre el rumor que este año le van a dar el Premio Ondas a Jordi González, por su rigor periodístico. Personalmente te recomiendo que dejes de ver la televisión y sigas leyendo y escribiendo libros, aunque tampoco podamos hacer nada por publicártelos.

Por cierto, gracias por el vaso de leche que nos has dejado, pero te recuerdo de nuevo que tienes treinta años, podrías habernos dejado una botella de whisky, que este año viene más frío que nunca. Así que el próximo año recuerda tu edad antes de volver a escribirnos, y si sientes el incontrolable impulso de cumplir con las tradiciones, simplemente compra el Roscón y disfrútalo.

Ni siquiera podemos dejarte carbón porque este año ha tenido muy buena salida y hemos agotado las existencias, pero te hemos dejado todos los cuadernos que nos han sobrado para que sigas escribiendo. Otra cosa que vamos a regalarte, por tu generosidad, es el número con el primer premio del Sorteo de ‘El Niño’: 58.588

Recibe un cordial saludo de los tres y que tengas un buen año.

PD: Ya sabemos que el número no te servirá de nada cuando recibas esta carta, pero eso te pasa por dejarlo todo para el último momento; haber escrito antes.


http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/50856

Felices fiestas

Madrid amaneció hoy nevado, justo el primer día de una de las semanas más importantes del año: a ilusión de que toque la lotería está a la vuelta de la esquina, o sino estará nuestra buena salud como cada año; llega la Nochebuena y la familia se junta, por el simple hecho de que una fecha del calendario lo requiere, el Rey nos felicita las fiestas (este año también en el País Vasco, algo inédito), y entre todo este malabarismo de ilusión e hipocresía, el consumismo. Este año especialmente son fechas propicias para que los comerciantes reduzcan un poco los números rojos de un año en que la crisis ha hecho auténticos estragos.

Espero que cuando pasen estas fiestas la crisis nos ofrezca una tregua, y cuando el año nuevo forme parte de nuestro presente hayamos aprendido la lección… que los futuros errores sean diferentes.

Pero para aquellas personas que están y las que pasan por aquí de vez en cuando, felices fiestas, y feliz 2010.

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