Me levanto a las 5 de la mañana para ir a un trabajo, por la tarde tengo otro. Entre los dos me paso un mínimo de 12 horas trabajando y otro par en diferentes transportes públicos. A final de mes el gasto diario en dietas es superior al apetito que tengo, y colecciono letras que no consigo pagar. Tengo tres hijos, aunque ninguno es mío, una mujer y una amante bisexual que compartimos cuando a alguno le duele la cabeza, y un piso que no podemos permitirnos pero que consideramos necesario que el resto de la gente piense que sí. El banco, que no piensa, lo reclama. La familia nos reclama atención, los amigos compartir su tiempo, y precisamente tiempo es lo que me falta.
En realidad mi vida no tiene nada que ver con todo esto… y sin embargo yo me siento triste y apagado después de tres días seguidos lloviendo.
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No callo, lo sé. Me despierto por la mañana hablando con la radio del despertador. Acostumbro a hacerlo solo porque las mujeres que duermen conmigo no suelen repetir, y alegan que hablo hasta cuando estoy dormido. Por suerte sólo ponen esa excusa.
Me gusta hablar, comunicarme, qué le vamos a hacer. Además como al hablar me interesa lo que digo, me recreo. Y si un día me aburro me pongo el ipod y escucho música, porque tengo esa suerte que no disfrutan otras personas de tener la obligación de mirar a los ojos del que te está hablando.
Me paso el día hablando, por teléfono en el trabajo y con los compañeros, por la calle cada vez que acecho a cualquier dependiente solitario o en ‘petit comité’, o cada vez que tengo la más mínima ocasión. Después de muchos años de escuchas silenciosas e importantes dolores de cabeza, he aprendido a defenderme atacando primero.
Cuando llego a casa y no tengo con quién hablar, como no tengo mascota y hace mucho tiempo que dejé de chatear, escribo. En realidad hablo conmigo mismo, en silencio eso sí, con la hoja en blanco del Word, hasta que un día desapareció ese clip de ayuda que muy amablemente se ofrecía a ayudarme. Nunca dejó una nota con el motivo de su marcha.
Quizás dentro de un tiempo acabe hablando solo por la calle, predicando alguna religión que todavía no existe o pidiendo dinero por el metro para pagarme una mariscada, no sé. Pero, hablando del metro, observo tanta gente solitaria de aspecto triste y que apenas se comunica más que lo necesario, que me asombra; mientras para ellos yo soy el raro, el que nunca se calla ni debajo del agua, para mí los raros son ellos.
Pero es cierto que hablar tanto acaba siendo agotador, hasta para mí, aunque me interese lo que digo y tenga muchas preguntas que responder después. Por suerte te tengo a ti, que cada día te veo, y te necesito, para descansar un poco y recuperar fuerzas. Gracias a ti soy incapaz de articular una palabra, y mucho menos pensar cuando estás delante de mí; con esa dulzura en tu mirada y el aura de tranquilidad que te rodea. No tengo ni la menor idea de cómo suena tu voz, ni cuánto hablas o callas en confianza, pero estoy seguro que eres completamente diferente al resto de muertos en vida que cada día comparten este tren con nosotros. Aunque sólo sea por la osadía de poner mala cara a todo el que mira el piercing que te has hecho en el escote.
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No soy creyente, para qué mentir. Cuando me hablan de Dios trato de cambiar de conversación, o en su defecto de amistades. Pero si creo en algo es en las señales, las cosas que ocurren cuando no las esperas, tanto las buenas como las malas. Y hoy, en un tren con dirección hacía Castelldefels, observé que ha llegado el Apocalipsis.
Estaba sentado tranquilamente, escuchando música, cuando de repente escuché un grito terrorífico justo detrás de mí. Cuando me giré no observé nada extraño, así que creí que debió ser producto de mi imaginación, tal vez por el estrés de los últimos días, hasta que volví a escucharlo con mayor estrépito si cabe. En esta ocasión si llegué a girarme a tiempo para conocer la causa, y resultó ser ¡un niño pequeño!
Soy consciente que un niño de esa edad no tiene conocimiento, grita porque tiene que gritar y ya está. Incluso podría aceptar el hecho de padecer las incomodidades que proporciona la satisfacción de ser padre, para el que ha elegido serlo y siente además la imperiosa necesidad de compartir su experiencia con los desconocidos que le rodean.
Debo advertir que aquello no era un simple grito, sino el anuncio del Apocalipsis en arameo, creo que con versos rimados y todo. Yo no podía decir nada, qué iba a decir después de media hora de discurso sobre cómo y cuándo llegará (aunque creo que dijo que comenzará en Barcelona), que por cierto nadie entendió, y si algo me molesta más que el ruido es quedarme con la duda de algo.
El pobre anticristo estaba acompañado de tres mujeres: todas ellas de diferente generación. Curiosamente la más mayor de las tres fue la que inició el proceso, y soltó toda su furia por la boca, llena de improperios e insultos (¡hasta llamó al vigilante de seguridad del tren!) cuando una pobre chica, cansada del escándalo pensó que si pedía por favor que tratasen de no alterar al niño, dándole un chupete en lugar de animarle a jugar en un lugar público, acertaría a descansar en la media hora que tenía de viaje hasta llegar a su destino. Los que acompañamos a esa chica, después del espectáculo, pensábamos lo mismo que ella se atrevió a decir en voz alta, intercambiamos miradas de complicidad y aguantamos el tipo de la mejor manera posible. Incluso observé, cuando se bajó una parada antes que yo, cómo al pasar por delante de esa mujer tuvo que soportar su mirada desafiante, así como la del propio vigilante de seguridad, que por alguna razón que desconozco quedó aparcado justo a mi lado, como si estuviera custodiando algo valioso. Durante ese rato sentí lo incómodo que debe ser para esa gente importante que lleva seguridad todo el día.
Al llegar esta noche a casa y leer los periódicos, lo entendí todo. Hace algo más de una semana, una serpiente se coló en un piso de Barcelona; pocos días después un lagarto enorme fue capturado en el jardín de una casa a pocos kilómetros. Comento esto porque hace dos noches una familia de jabalíes se paseó por las calles de un céntrico barrio barcelonés, no muy lejos de donde apenas hace menos de un mes fueron vistos unos cerdos salvajes en el parque de la Guineueta.
A veces me pregunto por qué leo los periódicos, o por qué viajo en tren. A veces, también, me pregunto cómo la raza humana ha sido capaz, hemos sido capaces, de cambiar tanto en tan poco tiempo.
Ahora que observo en las librerías que anuncian en forma de libro el fin del mundo para el 2013, y otros, más previsores en cuanto a las ventas, para el 2020. Desde aquí voy a dar la exclusiva: ¡El Apocalipsis ya está aquí!
Los animales se están instalando, poco a poco, en Barcelona, y nos acechan con la misma paciencia que Noé construyó su barca y llevó a cabo su proyecto. Los científicos ya alertan de la próxima llegada del ‘Aedes aegypti’, el mosquito egipcio que convertirá las picaduras del actual mosquito tigre, en un futuro próximo, en simples caricias que entonces echaremos de menos.
Por suerte aún sigue haciendo calor; mucho calor. Eso sí, en cuanto caigan cuatro gotas que todo el mundo coja un rosario y busque su propia barca, porque lo siguiente será el diluvio universal, el juicio final, y el descanso eterno… ¿o no?
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Como anticipo, espero que pronto, de publicar mi nuevo libro ‘Diario de una mujer coqueta’ (que acabo de registrar debidamente), os dejo uno de los relatos que lo componen:
Ahí estaba, frente al espejo y con una gran duda: “¿Tejanos y blusa o vestido de encaje y tacones?” – Se preguntaba para sí misma.
Mientras se acercaba la hora y terminaba de decidirse, se alisó el pelo, escogió unas gafas para la ocasión y acabó de pintarse las uñas. Volvió a mirarse al espejo con una percha en cada mano y finalmente se decantó por los tejanos y la blusa, conjuntada con unos zapatos que sólo se había puesto una vez.
Llegó la hora de salir a la calle, no sin pocos nervios. Salió decidida hacía la esquina, tiró la bolsa de basura al contenedor y después de dar una vuelta a la manzana y pasar delante de la terraza del bar, se volvió a casa donde se quitó el maquillaje y se puso el camisón para irse a dormir.
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El pasado viernes por la noche me sentí completamente avergonzado. Estaba junto a unos amigos en el metro, hablando de nuestras cosas y dirigiéndonos a nuestro destino. Alrededor nuestro mucha gente como nosotros, cada uno a lo suyo. De repente entró en el vagón un oscuro personaje, alguien que desentonaba claramente con todos los demás; su mirada fría y ausente, así como el arma que sujetaba entre sus manos, llamó la atención de todos nosotros, pero nadie se atrevió a increparle.
Nosotros tratamos de molestarle con eructos, producidos por nuestro pequeño botellón público, otros sin embargo fueron más allá y se pusieron cerca de él subiendo al máximo el volumen de su iPod; pero no hubo forma de ahuyentarlo.
Después de unas pocas paradas, y antes de llegar a su destino, el tipo en cuestión levantó la mirada sin perder la concentración, cerró su libro y con cierto aire de superioridad, se bajó finalmente en su parada. Nadie se atrevió a increparlo… el libro tenía por lo menos 1.000 páginas.
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En la playa de la Barceloneta, un sábado de primavera un padre se dispone a dar a su hijo una de las clases más importantes en la vida de todo hombre: construir su primer castillo de arena.
El niño se había quedado maravillado con el castillo de arena que, además, incorporaba todo un parque a su alrededor, y hasta un pequeño lago de agua natural que su creador, que cobraba en el paseo marítimo por cada foto que se hacían los turistas, se encargaba puntualmente de ir reponiendo.
El padre, cuyo objetivo era tener entretenido al niño y adoptar cuanto antes la postura de hombre separado que educa con valores a su hijo, guardaba tres libros diferentes en la mochila (uno de Luis García Montero y otros dos de Carlos Ruiz
Zafón y el último de Stieg Larsson) para sacar el que más le convenía según el perfil que sacaba de la chica que le interese en ese momento.
El niño que con seis años todavía no había leído un libro, como el padre con 40, recibió instrucciones muy precisas de su padre:
- Hijo mío, el secreto está en la proporción correcta de agua y arena.
El niño, que por supuesto no entendía nada, empezó a hacer lo que buenamente pudo. Y como buenamente pudo hacer bien poco, se dedicó a seguir preguntando al padre, hasta que éste, cansado, decidió invertir totalmente en su hijo durante un tiempo, para que éste dejase de molestarle, y mientras su hijo conseguiría hacer por sí mismo un gran castillo de arena, él podría seguir observando el mercado de chicas aparentemente solteras.
Los dos trabajaron juntos, codo a codo. El niño escuchó atentamente y puso en práctica los consejos que le dio su padre, que a su vez recordó su etapa de la infancia cuando él era el niño... y su padre, que también miraba a las chicas aparentemente solteras.
Después de cavar un hoyo en una superficie de arena que estaba constantemente mojada, cerca de la orilla, ni muy cerca de la orilla para impedir que las olas les molestasen, ni muy lejos para no cavar un hoyo demasiado profundo. Arrastraron los montones de arena mojada del fondo y comenzaron a construir el castillo, mientras lo iban modelando.
El castillo, al final, quedó bastante bien para el poco interés que puso en realidad el padre, que pensó en el lado positivo de lo que él había considerado una pérdida de tiempo, pues seguro que alguna de las chicas aparentemente solteras de la playa estaría fijándose en tan noble acto, de un padre ayudando a su hijo en algo que no conoce, y que probablemente le servirá en el futuro para ser constante y conseguir aquello que se proponga.
El hijo, muy contento después de haber hecho su primer castillo, se fue a dar un chapuzón y jugar con otros niños de la playa. Casualmente hizo amistad con una niña que había venido sólo con su madre, y el padre aprovechó la ocasión para
entablar conversación con ella mientras los niños jugaban. Cuando al poco rato de tener confianza se preguntaron por su situación de padres solteros, él le dijo que era viudo. Ella, que ya le consideraba un hombre interesante (puesto que
casualmente leía a Carlos Ruiz Zafón, su autor favorito), ahora además sentía lástima por el suceso de ese hombre tan joven.
Al poco rato barajaron la posibilidad de ir a comer juntos, con los niños. Enseguida él llamó a su hijo, a lo que éste no estaba dispuesto a marcharse tan pronto, pues había hecho su primer castillo de arena y quería seguir disfrutando de él,
consciente de que no podía llevárselo a casa. Protestó enérgicamente ante la insistencia de su padre, primero con la voz suave y prometiéndole un regalo, después con un tono más serio y, finalmente, pisando y destrozando su castillo en un
torpe e inesperado tropezón, cuando la mujer y su hija no estaban mirando.
- Lo siento hijo, he tropezado, pero te prometo que mañana volvemos y hacemos un castillo más grande - le dijo para consolarlo, y terminar de convencerlo.
El niño no entendía nada. Sólo recordaba la ilusión y el trabajo que había puesto en construir su primer castillo de arena, la ayuda y el apoyo de su padre, que fue el que al final acabó destruyéndolo con tal de no escucharlo quejarse más. Lo
único que acertó a decir en ese momento fue:
- ¡Jo! Pero si mama nos dijo que vendría a buscarnos dentro de dos horas, ¿por qué nos vamos ahora?
Esa frase, ante la mujer y su hija que en esta ocasión sí estaban delante escuchando la conversación, lo cambió todo.
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omo cada mañana poco antes de las nueve, se encontraron en la estación de Sagrera, en el andén de la Línea 1 dirección Fondo, unos centímetros más cerca el uno del otro que el día anterior.
Los dos habían vuelto a sobrevivir a la carrera que cada día se organiza –sin mucha organización- en las escaleras que comunican las líneas 1 y 5. Los dos, con una sonrisa dibujada en el rostro, se tomaban la carrera como un juego cada vez que coincidían en el pasillo, pues sin comunicación alguna comenzaba entre ellos una carrera personal que ambos querían ganar, y eso los alejaba del malestar y las quejas por parte de los otros usuarios del metro entre sí.
Una vez dentro del vagón, ella leía, casi siempre algún libro de autoayuda; él sin, embargo, se entretenía rellenando sudokus cada día. La primera vez que se sentaron juntos ella se quedó impresionada con la capacidad de ese chico, cuya mente debía ser privilegiada para completar con tanta rapidez un pasatiempo que ella ni siquiera comprendía. Él, absolutamente concentrado, apenas la miró nunca. Cuando llegaba su parada se levantaba a toda prisa y ella siempre se preguntaba si al día siguiente volverían a encontrarse.
Después de una semana ella decidió que había llegado el momento de ser valiente y conocer mejor a ese chico, el que hacía que sus primeros minutos del día fueran a menudo los mejores, porque aunque no lo conocía su instinto le decía que era el chico que siempre había estado buscando. Estaba desconcertada; no entendía porqué aquel chico parecía sentir la misma atracción que ella antes de subir al vagón, y después se mostraba con total indiferencia, siempre tan concentrado con los sudokus.
Al día siguiente, después de toda la liturgia diaria y una vez dentro del vagón, se acercó al chico, reclamó su atención con un saludo y él, por primera vez, la miró fijamente a sus ojos. Ella, bastante nerviosa ante la atenta mirada de ese chico, cuyos ojos azules parecían estar desnudándola por dentro, sacó del bolso un libro de sudokus y se lo ofreció.
- Si consigues resolver todos estos sudokus para mañana cuando volvamos a vernos, te invito a un café – le propuso ella, con total seguridad en su reto y en que el chico iba a conseguirlo.
El chico esbozó una sonrisa, cogió el libro, lo hojeó e hizo ademán de devolvérselo.
- Te lo agradezco, pero no tengo ni idea de cómo se resuelve un sudoku. Llevo todo este tiempo rellenando las celdas con cualquier número, únicamente porque estaba nervioso; me sentía incapaz de mirarte fijamente a los ojos, acercarme y decirte algo para conocerte. Supongo que no me he ganado ese café, pero dime, ¿al menos puedo saber tu nombre?
- Susana – respondió ella, sorprendida y con una enorme sonrisa cómplice. ¿Cómo te llamas tú? – le preguntó con más interés aún.
- Llámame cariño –respondió él.
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"Es terriblemente triste eso de que el talento dure más que la belleza." (Oscar Wilde).
No es justo. Lo piensas tú y te lo confirmo yo. No es justo que ese rostro angelical, esa blanca y transparente forma de mirar, ese aura inocente que te envuelve -y que envuelve también a los demás- no sea eterno, que dentro de unos años se acabe, y que entonces sólo quede de ti aquello que te hayas preocupado de sembrar en tu interior.
No es justo, todo el mundo lo sabe. Estar en posesión del cuerpo perfecto, compuesto por la clásica cintura de avispa, la belleza de tus ojos y esa mirada penetrante, esa sonrisa perfecta -y saber sonreír en el momento adecuado, haga frío o calor-, tu gusto exquisito a la hora de vestir, sin caer en el exceso de las marcas comerciales ni el la comercialidad de las marcas del mercadillo, y además tener el don de la dulzura en tu voz. No es justo, especialmente para los hombres que se fijan en ti, puesto que tu belleza deslumbra y admiran tanto a aquellos que conocen tu compromiso, como ciega y obsesiona a los pobres inadvertidos, en busca del mejor trofeo de su colección.
La vida es injusta, en todas sus facetas, y tal vez uno de los sentidos de la misma radica en tu presencia aquí y ahora, formando parte de ella, explicándome que alguien conquistó tu corazón y tu alma 'para siempre', o tu presente hasta que el cuerpo aguante... hasta que el talento se interponga entre vosotros y el futuro te acerque a mí.
Dijo San Francisco de Sales que "el mejor remedio que conozco contra los impulsos repentinos de impaciencia es un silencio dulce y sin hiel".
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Se quejaba el Sol de que nunca podía quedar con la Luna. Ésta, argumentando motivos laborales, nunca podía coincidir con él.
Él, que era un romántico, se despertaba a primera hora para ofrecerle su mejor perfil y, por si la Luna se lo perdía, repetía el acto antes de salir del trabajo para tratar de seducirla. Era justo en ese momento cuando pretendía quedar con ella, tomar algo y contarse sus cosas... pero ella, inflexible, se debía a un horario y fichaba puntualmente en su puesto de trabajo.
Ella, que sabía del interés del Sol, a cambio le ofrecía cada noche su mejor cara... pero él casi siempre se quedaba dormido.
Estuvieron coqueteando y decepcionándose durante varios años, pero ninguno de los dos perdió nunca la sonrisa y la esperanza de encontrarse; sabían que tarde o temprano llegaría su momento, pues estaban hechos el uno para el otro y se necesitaban.
Y así fue, cuando un día el Sol decidió pedirle formalmente una cita a la Luna. Ella, encantada, consultó la agenda y accedió.
Pasó un tiempo hasta que lograron planear el encuentro. Ambos estaban muy nerviosos y sabían que disponían de poco tiempo:
"¿Y si no le gusto?" - Pensaba la Luna
"¿Fichará Villa por el Barça?" - Pensaba el Sol
Finalmente llego el día. Ambos se encontraron, por fin, y mientras la Luna esperaba una escena de seducción, se encontró a un Sol desesperado. Ella, sin embargo, accedió a sus proposiciones para limpiar las telarañas, pero al cabo de dos minutos, y sin darse cuenta, vio alejarse al Sol entre pañuelos pidiéndole a gritos su Facebook.
Él, contento y relajado, se fue a dormir. Ella, que se sentía triste y utilizada, encima tuvo que trabajar.
No se volvieron a ver hasta pasados unos años... los suficientes para olvidar lo que pasó entonces y volver a repetir la experiencia.
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Ya está aquí el 13 de mayo. Otra vez mayo como coartada, anticipándose con nocturnidad por la calle ilusión.
Abrázame y bebamos nuestra existencia sin copa, observa cómo se visten de hojas los árboles con olor a primavera en el Retiro. Escucha como saludan las gaviotas a nuestro paso por la playa, mientras los primeros rayos de sol deshacen nuestro helado de vergüenza.
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Es cierto aquello de que todos los caminos conducen a Roma. A veces los caminos son más largos de lo que debieran, como eso de ir dirección a Roma pasando primero por Munich y Londres. Pero casi siempre esos caminos merecen la pena, por alguna razón.
Hace un año por estas fechas estaba celebrando un cumpleaños con toda mi ilusión de una persona que pocos meses después desapareció de mi vida. Pocos días después celebraba el día de Sant Jordi, recibí un libro que no leí ni creo que lea, y regalé también una rosa. Días después comenzó un libro que ahora he terminado, con más preguntas y dudas que respuestas.
Cuando me despierto optimista, el 27 de mayo me imagino vestido de blaugrana por las calles de Roma, persiguiendo a la gente que persigue a otra gente hacía ningún lugar... aprovechando un descuído para perderme conmigo mismo y, quizás, con alguna italiana dispuesta a aprovecharse de mi apellido. Cuando me despierto pesimista, recuerdo que justo ese día me espera con los brazos abiertos Ibiza, con su atardecer y esa causalidad tomando un té conmigo disfrazada de casualidad.
Es curioso como el deporte (generalmente el fútbol) termina apropiándose de nuestra vida hasta tal punto que cobra una importancia superior a casi todo lo demás. Sobre todo en épocas de transición, cuando uno hace suyas las victorias si su equipo gana, y se identifica y justifica en las derrotas si su equipo pierde. A veces, incluso, uno disfruta mejor un madrugón de domingo por la mañana sudando la camiseta que un sábado por la noche... sudando.
De una forma u otra este mes de mayo será estupendo para mí. Encontraré una editorial interesada en mis libros o no, el Barça podrá ganar la Champions League o no, visitaré Roma o Ibiza (o incluso ambas), pero sobre todo, el 31 de mayo a las 23:59h quemaré una última vela, escribiré un último poema y meditaré, camino a cualquier otro lugar.
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Se llamaba Soledad y estaba sola, como un puerto maltratado por las olas (Joaquín Sabina).
Durante muchos años vivió en un barco de crucero, uno de esos barcos que se llenan a diario con personas en busca de los destinos más turísticos y comerciales. Trabajaba seis meses al año y nunca estaba sola. Siempre se rodeaba de los compañeros de trabajo, siempre hombres, pues de entre las mujeres que ahí trabajaban era la más guapa y simpática, la que despertaba más envidias. Nunca le faltó un cuerpo que acariciar cuando llegaba la primavera y terminaba el verano. Siempre supo seducir a los hombres más atractivos y ellos siempre le regalaron enormes ramos de rosas, cajas con los bombones más exquisitos y una botella de champagne francés junto a la cual nunca le acompañaban dos copas.
Durante esos meses ganaba más dinero que en cualquiera de sus trabajos anteriores, pero apenas lo gastaba. Ésa era su norma, ahorrar e invertir su tiempo libre en leer libros, escuchar música o ver películas. En el barco tenía mucho ocio del que disfrutar sin necesidad de gastar dinero.
Cuando llegaba el otoño se quedaba sin trabajo. Y durante los siguientes seis meses hasta la próxima primavera, se dedicaba a viajar por el mundo. Siempre lo hacía sola, porque después de muchos viajes frustrados con gente que conoció, aprendió a sobrevivir por sí misma sin depender de nadie.
Durante esas temporadas de otoño, a lo largo de lo años desde que redirigió su vida, jamás se acostó con ningún hombre. Tenía una norma, un sueño -absurdo para algunos-, y era no tener relaciones sexuales con ninguno que únicamente buscase eso en ella. Para eso ya tenía suficiente con los hombres que conocía en el barco y le ayudaban a desconectar del trabajo de vez en cuando.
Cuando conocía a alguien, intimaba pero nunca llegaba hasta el final. Para cerciorarse de las intenciones de cada uno, no había mejor método; si desaparecía, no era amor, y si se quedaba… bueno, ninguno llegó a quedarse el tiempo suficiente para averiguar lo que se debía sentir entonces.
Es por eso que Soledad seguía trabajando en el barco durante seis meses, y los otros seis meses los dedicaba a viajar por el mundo entero, en busca de ese hombre que, una vez encuentre, sabrá darle todo su amor a cambio de su tiempo. Nunca estableció una duración, pero estimó que depende de cada hombre, puede ser entre unos pocos días y muchas semanas, o meses. Ella buscaba un amor verdadero. Un amor casi inexistente.
Pero la última primavera no volvió al barco. Los que la conocían dicen, tal vez, que en alguno de sus viajes conoció a Juan Luís Guerra, y éste, tan sorprendido como ella, le dedicó la canción que muy probablemente le inspiró:
