Hoy no voy a hablar de política, aunque a buen seguro que las formas de nuestros políticos tengan mucho que ver en lo que transmiten a la gente de la calle. En las últimas semanas sólo se ha hablado de política y ahora volveremos a centrar nuestra atención al deporte o demás temas de conversación. Y una vez hemos votado, las personas dejaremos de ser ciudadanos para volver a ser números y porcentajes en las estadísticas.

Hoy no voy a hablar de la gente que escupe cuando va por la calle, los que te invitan sin preguntar al humo de su cigarrillo, o aquellos que cruzan su destino con el tuyo en las aceras o salen de los portales sin observar. Hoy quiero contaros lo que me sucedió el miércoles, mientras esperaba durante cuatro horas en la sala de espera de un hospital.

Antes de empezar a leer el periódico observé con curiosidad a mi alrededor. Éramos ocho personas separadas en tres grupos diferentes. Por suerte, ningún niño. Todo indicaba que iba a ser una espera placentera… ¡qué iluso!

A los cinco minutos llegó otro grupo; un hombre, dos mujeres mayores, y una loca de atar. Ésta última en cuestión, llegó a la sala de espera de un hospital como el que llega al mercado, o a una peluquería, con el insoportable estrépito de su voz. Todo el mundo le miraba mal, pero nadie decía nada. Yo, que la tenía prácticamente al lado, le pedí por favor que bajase el tono, y asintió no sin protestar en voz baja con los suyos. A la media hora ella y sus nervios estaban golpeando una botella de agua contra la silla, como si de un niño enfadado se tratase, sin caer en la cuenta del lugar en el que se encontraba, y mostrando su falta de saber estar en los sitios. Por suerte la agonía ‘sólo’ duró dos horas. Le tocó su turno y se marchó para alivio de todos los presentes. Algunos incluso hacían comentarios una vez no estaba presente.

La gente seguía entrando en la sala de espera hasta que se llenó. Nadie, ni una sola persona, leía un libro. Había mujeres leyendo revistas del corazón, una chica joven relajando sus pies descalzos sobre uno de los asientos libres, y un hombre jugando a un videojuego con el móvil. Lo tenía enfrente, y aunque no pude ver su pantalla, sé que jugaba porque el sonido de su móvil así lo indicaba durante cada uno de los segundos que tuvimos que soportarle el resto de personas. Una vez más, nadie dijo nada. Yo esta vez tampoco. Me limité a mirarle fijamente hasta que conseguí que él hiciera lo mismo, y sin llegar a decirnos nada yo le dije que estaba molestando a los demás y él me dijo que le importaba un carajo. Y siguió a lo suyo.

Poco después entró por la puerta un chico de mi edad con traje y corbata, el pelo ‘rubio pollo’ y uno de esos bolsos para hombres. Cuando se sentó y metió la mano dentro del bolso, pensé que éste sí, por fin, alguien iba a sacar un libro. Aunque fuera el de Boris Izaguirre. Cuál fue mi sorpresa, señoras y señores, cuando vi una máquina de videojuegos de los años 90, de esas de doble pantalla y con más ruido por segundo si cabe.

En ese instante, ruido de móvil a un lado, ruido del clásico videojuego por el otro, lamenté profundamente no caer en la cuenta que para ir a una sala de espera de hospital, parece ser, hoy en día hay que ir provisto del mp3 y con los auriculares en el oído desconectar de todo lo que suceda a tu alrededor. Pero de haberlo hecho no habría tenido la oportunidad de escuchar mi nombre minutos después, y saber que la tortura llegaba a su fin. Ya podía ir a visitar a mi madre, pasadas las dos horas de una operación que en realidad sólo duró quince minutos.

Hoy tampoco voy a hablar de la pésima organización y funcionamiento de los hospitales públicos. Sólo he querido hacer una pequeña reflexión acerca de la mala educación y falta de respeto de algunas personas que esperan en una de las salas de espera, en este caso la que me tocó a mí. Será mala suerte, un mal día, qué se yo.

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